Cuando nos resistimos a perdonar a
los demás. El odio, el rencor y el resentimiento aplastan el alma, desgastan,
cansan, hacen angustioso el recuerdo, son formas despiadadas de castigo
autoimpuesto. El perdón, en cambio, trae tranquilidad, descanso y
liberación. Hace las cargas a un lado, es un regalo personal, un obsequio que
nos hacemos a nosotros mismo. Cuando perdonamos nos permitimos tener el corazón
libre para que vuelva a creer, a amar, a confiar, y podamos volver al cauce
natural.
Es negarse a que el resentimiento
siga echando raíces, y así alcanzar la libertad, la paz interior y el bienestar
que esto conlleva. El problema de quienes no perdona, es que no se liberan
adecuadamente de emociones y sentimientos negativos o erróneos y sobre-viven
estancados en una situación siempre lacerante, constipados, prisioneros, de sus
propias emociones. Y no se libera de ataduras afectivas innecesarias, cargando pesados
lastres que roban la energía y la confianza, obstaculizando la proyección
personal y el desarrollo integral.
"Ninguno de los caminos que has recorrido, ha sido en vano.
Gracias a ellos has adquirido el don de sentir, amar, agradecer y perdonar".






