Imaginemos una hermosa montaña,
quizá con una cumbre cubierta de nieve. Cuando la miramos, vemos que tiene un
núcleo interior de paz y temperatura constantes, así que da igual lo que pase
fuera: el interior no cambia. Imaginemos ahora que las estaciones van y vienen.
El verano llega con rayos, tormentas, inundaciones e incendios, pero el
interior de la montaña permanece quieto, tranquilo y en calma.
El verano da paso al otoño, con
vientos huracanados y hojas que caen de los arboles; luego llega el invierno y
sus nevadas y temperaturas gélidas; y este, cuando se funde la nieve y se
producen los aludes, se convierte a su vez en primavera. Sin embargo, el núcleo
interno, el bello espacio en las honduras de la montaña, se ve afectado por
ninguno de estos cambios estacionales.
Nosotros somos como la montaña.
No hemos de dejar que sucesos de fuera nos quiten la dicha ni la armonía, al
margen de lo fuerte que bramen las tormentas o aullen los vientos. Todos
contamos con este núcleo interior de calma y tranquilidad. Está ahí cuando
quiera que lo queramos o necesitemos. Si vamos hacia dentro, accedemos a su
poderosa presencia sanadora.
La montaña, por dentro, es
perfecta; como lo somos nosotros. Imaginemos ahora que aparecen en la montaña
unos turistas. Llegan en tren, avión, coche, barco y otros sistemas de
transporte. Y todos opinan. Esta montaña no es tan bonita como una que he visto
en otra parte. Es demasiado pequeña, o demasiado alta, o demasiado estrecha, o
demasiado ancha.
Pero a la montaña le da igual,
pues sabe que es la esencia ideal de montaña. Una vez más, somos como esa
montaña. Digan lo que digan los demás de nosotros, al margen de sus criticas y
juicios o lo que para ellos sean espejos, ya somos ideales y divinos.
No
tenemos que sentirnos afectados por sus opiniones, ni siquiera de las personas
cercanas a nosotros, como la familia, los jefes o los seres queridos. En este
sentido, somos sólidos y estamos bien afianzados en la tierra, como la montaña.
En el fondo de nuestro corazón, sabemos que somos la esencia perfecta de un ser
espiritual. Las palabras de los otros no pueden quitarnos la dicha y la paz
interior a no ser que les demos la capacidad para ello. Seamos como esa hermosa
y quieta montaña.
Brian Weiss